El cuerpo, la mente y el corazón humanos anhelan trascender los límites que les ha impuesto la sociedad, o conocer la vastedad de sus dominios…de sus reinos. Todo esto implica estar abierto, descubrir…e ir más allá.

Impedirle hacer esto es confinarla a una cárcel que le impide crecer o le coarta el movimiento. Cuando la persona no puede salir a experimentar la amplitud, puede conformarse con comidas o actividades inmundas.

Una sociedad cerrada y puritana prepara el camino para convertirse en una sociedad decadente. Un pequeño bebé a quien sus padres niegan el alimento, o incluso un adulto en condiciones adversas extraordinarias, pueden comer elementos de desecho con el fin de calmar un poco la acuciante sensación.

El hambre es un impulso fuerte del cuerpo que en determinado momento de aguda necesidad buscará la satisfacción por medios saludables si puede, o por medios insalubres, si no. El anhelo íntimo de trascendencia en el interior del ser humano es un impulso espiritual muy fuerte, que, si no encuentra medios valiosos de satisfacción, la buscará en medios inertes y defectuosos.

En algunas sociedades los medios para satisfacer el impulso de trascender los límites los otorga únicamente el vicio. Y así quien no trasciende la razón meditando podrá hacerlo bebiendo alcohol, aunque los resultados para su psique y para su cuerpo sean muy distintos; y aunque el objetivo para el que le fue dado ese impulso, en primer lugar, permanezca insatisfecho y sin encontrar realización. Como toda la energía del juego no jugado se puede convertir en una rabieta, o como si la energía para propulsar un cohete no fuera bien dirigida y terminara creando una explosión descontrolada en lugar de un envío al espacio extra-terrestre.

El anhelo de trascendencia está presente en todos los seres humanos. Pero el camino que decidamos seguir al buscar la satisfacción de ese impulso o los medios que utilicemos para desarrollar plenamente su objetivo, marcarán nuestra calidad como seres humanos, nuestro destino y, lo más importante, nuestra felicidad. Porque si bien el impulso es el mismo en todos (en esencia), no es lo mismo que busquemos saciarlo a través de una droga dañina que de una planta sagrada. No es lo mismo que sigamos el camino del servicio que seguir el camino del egoísmo. Uno enaltece el corazón humano al ver que la vida de otros es mejor por lo que compartimos; el otro degrada nuestro interior mientras pensamos erróneamente que quitar y empobrecer a los demás es la única manera de obtener y enriquecerse: que hacerlos menos es la forma de ser más. Damos lo que obtenemos, y sólo somos dignos cuando vivimos con dignidad y tratamos con ella a nuestros semejantes.

La forma de trascender los impulsos es utilizarlos sabiamente, no negarlos. La forma de ir más allá de la sensación de hambre y hacer que cumpla su función y traiga cosas hermosas y útiles a nuestra vida es ingerir alimentos saludables, no negarla hasta desfallecer o hasta que la desesperación nos lleve a consumir bazofia para saciar el apetito.

Largos años de represión sexual han creado el escenario perfecto para que una libido hambrienta busque satisfacción en actividades que le repugnarían si estuviese satisfecha. Muchos enseñaron durante largo tiempo que el sexo era inmundo y que no tenía nada qué ver con el corazón; los jóvenes han salido a buscar justo lo que les enseñaron: actividades en las que el amor y el sexo están en discordia, o el sexo con personas que no aman, o en quienes no confían; les dijeron que el sexo era infernal, así que entran en el infierno con tal de experimentarlo, sin siquiera sospechar que las cosas pueden ser diferentes.

Dos opciones para tratar con nuestros impulsos, sean estos inferiores o superiores:

1.- Hacer como que no existen. Negarlos, suprimirlos, condenarlos.

2.- Reconocer su existencia y aprender a relacionarnos con ellos.

Lo primero no garantizará trascendencia. Como un perro hambriento no se siente alimentado sólo porque decidimos no prestarle atención. Pero si reconocemos que algunas cosas sencillamente “son así” y aprendemos a aceptarlas y a adoptar la mejor postura con respecto a ellas, podremos vivir mucho más felices…vivir en paz con nuestro cuerpo, mente y corazón, y poder vivir de forma enaltecedora con nuestros impulsos, o dirigir su energía hacia las áreas superiores de nuestra vida.

Comer no es gula, dormir no es pereza y tener actividad sexual no es lujuria. Nuestros impulsos naturales se vuelven censurables cuando nos hacemos daño con ellos o hacemos daño a los demás. Antes no, ya que podemos establecer relación con ellos como establecemos relaciones con el mundo y las personas que nos rodean para vivir más plenos y equilibrados.

Dicen que las pasiones son malas consejeras pero excelentes corceles.

El Impulso Íntimo de Trascendencia nos puede llevar, bien encausado, al cumplimiento de su objetivo: el conocimiento profundo de nosotros mismos y a nuestra Realización espiritual. A vivir en Paz y Satisfacción con nosotros mismos y el mundo en el que vivimos (con todo y la gente). Sólo será necesario aceptarlo y buscar su satisfacción a través de los medios más adecuados posibles.

Desde luego, en un sentido limitado podemos pensar que escribo esto para dar mi opinión del sentido en el que la Ayahuasca resulta de valor para el ser humano. Así es, en un sentido limitado; o en uno de sus aspectos. Pero en un sentido amplio me refiero no solamente a todas las herramientas “de afuera hacia adentro” que son útiles, sino también a todas las intenciones, las acciones, las propuestas “de dentro hacia fuera” que pueden llevarnos a nuestro más elevado desarrollo: cosas que serán valiosas tanto si tomamos Ayahuasca como si no. Porque este impulso no quiere una medicina (sagrada o no) que lo palíe, sino llevarnos precisamente a nuestro más elevado estado de desarrollo y armonía. Y este último necesitará siempre de nuestro esfuerzo consciente y enfocado. Necesitaremos recibir lo mejor que podamos y dar lo mejor que tengamos para que este impulso se convierta en una bendición en nuestra vida y en la de los demás.

El impulso mal dirigido como el amigo mal cuidado se pueden convertir en fuertes antagonistas. Pero tiene el potencial de hacer nuestra vida maravillosa y plena. Y ¿ qué impulso mejor o más fuerte que el que nos lleva a experimentar y realizar con plenitud los aspectos más elevados de nuestro Ser? Démosle un lugar en nuestra vida y, talvez de a poco, se le dará un lugar en la sociedad. Y esta podrá transformarse ante nuestros ojos. Pero empecemos por aceptarlo como amigo en nuestro corazón y en nuestras acciones. Y a ver cómo se transforma nuestra vida.

 

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