“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto sino un hábito” . Como parte de Dios somos todos Uno y somos todos Perfectos.

Como seres humanos individuales cada uno de nosotros forma una presencia que manifiesta en la vida. Una nos es dada. La otra la damos nosotros. Sobre la presencia que damos trata la cita de Aristóteles. Y sobre la presencia que damos trata este texto.

La primera es lo que somos, por ejemplo, seres humanos. Como seres humanos todos tenemos el mismo valor intrínseco.
La segunda es lo que somos, por ejemplo, virtuosos o viciosos. Aunque seres humanos, todos tenemos diferente valor relativo.
Formamos nuestra presencia con nuestros pensamientos, palabras y acciones. Esta presencia es muy importante porque determina lo que significamos para esta tierra que pisamos y este tiempo en el que vivimos. Para los hermanos a quienes damos o robamos, a quienes alegramos o entristecemos; para quienes significamos una esperanza o una amenaza.

Hay dos errores que debemos evitar:
El primero es creer que esta presencia formada por nuestros hábitos es más importante que la presencia esencial. Lo que somos muy dentro, una partícula de Dios, es muy importante ya que no se puede perder y constituye nuestra naturaleza última. La Presencia Esencial es la más importante (por lo menos en mi opinión) ya que es dada por Dios y, como Él/Ella, es sagrada e inalterable.
El segundo es descuidar la virtud de lo que hacemos en el día a día alegando que la Presencia Divina permanece de cualquier forma incorruptible dentro de nosotros. Esto sería como usar las altas enseñanzas espirituales para convertirnos en personas bajas. Podemos enfocar todos nuestros esfuerzos hacia esta Presencia formada, no porque sea más importante, sino porque es la única en la que podemos influir; la única que depende de nosotros.

Lo que somos verdaderamente es elevado e insuperable. Es la Presencia Absoluta. Pero lo que logremos manifestar de esa Presencia Absoluta en nuestra vida cotidiana dependerá solamente de nuestra comprensión, nuestro esfuerzo y la dirección que le demos a nuestra energía.

Una vez más, mencionamos que formamos nuestra presencia con los pensamientos, palabras y acciones.

PENSAMIENTOS.
a) Los pensamientos que proyectamos. Para crear, para formar nuestro futuro, para expresarnos y hacer llegar a los demás el contenido de nuestro mundo interior. El arte, los proyectos, la expresión. Los pensamientos que por elección o por descuido abrigamos en nuestra mente.
b) La forma en la que interpretamos el mundo que llega a nosotros. Lo que internamente nos decimos del mundo exterior y de las impresiones que llegan a nosotros.

PALABRAS.
Aunque lo que se recomienda observar con respecto a las palabras puede presentar unas ligeras variaciones dependiendo del sabio que se expresa (Buda, Sócrates, Viasa o Pitágoras, etc.) podemos mencionar como puntos principales:
a) Que sean veraces. Que las cosas se correspondan con los hechos, que hablemos de lo que sepamos y que no intentemos de engañar a los demás deliberadamente.
b) Que sean beneficiosas. Que ayuden a los demás, que los dejen en un estado más elevado y gozoso que antes de escucharlas. Que los ayuden a llevar una vida mejor.
En estos coinciden todos. Y se les puede apoyar o combinar con las siguientes: que sean gratas para otros, que sean pronunciadas en el momento oportuno, que no dañen y que se considere si es absolutamente necesario pronunciarlas (si serán beneficiosas aunque no sean gratas para otros).

ACCIONES.
La expresión del cuerpo. Es la última manifestación de lo que empezó como una fuerza en pensamiento o palabras. También es la expresión más concreta y condensada de nuestra energía.
a) Que no destruyan el cuerpo que las expresa.
b) Que sean productivas para el cuerpo que las expresa.
c) Que no destruyan a otros seres.
d) Que sean buenas para otros seres.
En las religiones suelen expresarse en forma de códigos morales o de máximas como “no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti” o “haz a otros lo que quieras que ellos hagan contigo”.

No se trata de ser esclavo de cosas exteriores. Se trata solamente de reconocer que con nuestras acciones y con los hábitos que incorporamos a nuestra vida nos vamos dando forma. Que si bien somos divinos, son únicamente las acciones que expresemos las que determinarán cuánta de esa divinidad compartiremos con el mundo y nuestros hermanos. Y que sabiendo que esto es así formemos una presencia que para nosotros sea confiable, digna y con la que estemos contentos.

El futuro de la humanidad lo formará el linaje que hilvanemos en el presente. Los linajes se formarán con la presencia que compartimos. Así pues, lo más importante es la formación de la presencia que se compartirá. De la misma manera que las generaciones pasadas están presentes en nosotros, nosotros estaremos presentes en las futuras. Es en este momento, dentro de esta mente y este cuerpo, que podemos sanar la historia que nos heredaron y heredar una mejor historia.

Y cuando queremos ayudar, podemos recordar también que nuestra presencia será más importante que nuestras acciones. Podemos ser un ejemplo en lugar de una advertencia, y cuando eso suceda nuestra ayuda a la humanidad será más efectiva que nunca. Vive feliz, vive pleno, vive virtuoso. Forma una presencia con la que la gente quiera estar, a la que quiera escuchar, con la que sean dichosos. Y no tendrás que perseguirlos para ayudarlos.

Cuando te conviertas en miel las abejas se acercarán.
Y reflejarás mejor que nunca la naturaleza sagrada que Dios te regaló.
Estarás más presente en ti el recuerdo de que eres hijo Suyo. Y como hijo Suyo que se reconoce Suyo, serás más feliz.

El Loco
www.tuluzinterior.com

 

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